En la crianza de los nuestros hijos hemos de prestar atención a cuestiones que tienen que ver con el aprendizaje de normas y valores morales, la regulación de las emociones, el aprendizaje de la empatía, pero también debemos saber poner una serie de normas que de modo coherente, consistente pero flexible y afectuosamente rijan el comportamiento de los miembros de la familia. El aprendizaje y el respeto de estas normas influye se ve influenciado por cuestiones como las tratadas párrafos anteriores (valores morales, empatía,…)
Los niños han de tener unos referentes claros en sus padres, trato personalizado y coherente, firmeza, exigencia y afecto, y todo ello en un momento en el que están afianzando su identidad personal. Los niños y los adolescentes necesitan modelos para el aprendizaje que les ofrezcan normas coherentes y razonadas a seguir.
En una familia sin normas, los niños no aprenden lo que es el esfuerzo o la satisfacción del trabajo bien hecho, se frustran fácilmente, incapaces de forjarse objetivos y perseguir metas que no sean el placer de lo inmediato. Carecen de hábitos de estudio, hábitos de comportamiento social, habilidades sociales que siempre surgen de una mínima autodisciplina. Los niños acostumbrados a no tener unas normas que seguir y que nadie les controle, que nunca se hayan visto obligados a seguir unas normas de convivencia y de adaptación a las situaciones, tendrán problemas con los demás, con sus estudios, y en la vida en general. Puesto que ésta tenemos que convivir con ciertas normas y pautas que rigen nuestra conducta.
Cuando los niños son impulsivos, egocéntricos, insaciables, inmaduros, sin disciplinas es tarea de los padres conforme pasan los años enseñarle a regular todas esas acciones.